El Síndrome de la Compradora Compulsiva ABC1

junio 17, 2008 § 3 comentarios

Cuenta con tiempo y plata. Circula a diario por las boutiques de Alonso de Córdova, Isidora Goyenechea y la Dehesa. Pero la compradora que nos ocupa y nos preocupa no es la endeudada, sino la enferma: la gastadora full time, la bulímica del consumo. Porque mucho más profundo que el forado que pueda tener en su tarjeta platinium es el que tiene en el alma.

Fernanda Zamora es quien viste a Eli de Caso para su programa de televisión, la que le definió su nuevo estilo de ropa, se lo supervisa y le acarrea los modelos que lucirá en pantalla cada día. Algunos los toma de su propia boutique (“Amor Mío”, se llama) y otros los consigue en las de sus colegas y amigos, porque esta ex productora de moda conoce este negocio como la palma de su mano, por usar un cliché más que certero en su caso.

Por eso, cuando Fernanda y su socia decidieron instalar “Amor Mío”, un espacio para ofrecer los diseños exclusivos de creadores nacionales, la primera estudió cuidadosamente el dónde. ¿Dónde está la plata, dónde el gusto, dónde el ocio, dónde la compradora que lo tiene todo y valora en especial la exclusividad?

Responde la propia Fernanda:

–En La Dehesa, eso lo capté altiro. Es cierto que el circuito de la compradora premium santiaguina incluye un par de sitios en Isidora Goyenechea, las tiendas de Alonso de Córdova y Nueva Costanera, lugares donde vas directo a comprar, pero que no se prestan para el vitrineo como este centro comercial. Acá, en Las Pataguas de La Dehesa, el chiste es que las tiendas de ropa están todas juntas y al lado del banco, del local de la colombiana que te hace los pies, de la peluquería…. Entonces, al ser paseo, la tentación se vuelve irresistible.

 

Más si a ella se agrega el que hoy muchas de las boutiques top siempre tienen champaña en el refrigerador y algún picoteo con que acompañar el traguito para agasajar a su clientela. En especial, a ese pequeño pero significativo porcentaje de mujeres teóricamente privilegiadas que, en cuanto se levantan, quedan desocupadas y, ante la insoportable levedad de su ser, convierten el shopping en su experiencia vital. En lo único que –al menos mientras están en ello– les da sentido a sus vidas.

 

–No creas que todas mis clientas son así. Acá la mayoría son arquitectas, artistas, profesionales que vienen de vuelta, que han hecho todo un camino de crecimiento creativo y espiritual y entienden la ropa como una señal más de identidad. Pero, sí, hay unas cuantas que se llevan en esto cada día de la semana, por la mañana y por la tarde, porque no tienen otra cosa que hacer y comprando compensan su vacío interior. Uno las ubica y sabe que cuando no están acá, andan donde la Sarika, en Montemarano o en algún sitio de Alonso de Córdova. Son como relojito para su rutina y no es que sólo miren: siempre e invariablemente compran algo. A mí me dan una pena negra, porque son tan frágiles, queribles y carentes de afecto. Por eso quizás le puse a mi tienda “Amor Mío”…

 

Casi como una “casa de acogida” para estas almas consumistas en pena podríamos entender a “Amor Mío” y sus tiendas vecinas: “Casta y Devota” y las boutiques de Carola Pino o de la Maco Gálmez, por nombrar un par de las que dan vida a este epicentro de la moda que ha ido brotando en La Dehesa. En La Deudesa, como le puso un ocurrente hace algunos años a este sector de Santiago donde el verbo “aparentar” se conjuga en todas sus formas, con el consecuente descalabro en la tarjeta de crédito.

 

Pero la compradora que nos ocupa (y preocupa) no es la endeudada, sino la definitivamente enferma: la comprólica, la gastadora full time o, más apropiado aún, la bulímica del consumo.

 

“No le digai a nadie que lo compre”

Es flaca, alta, linda, aunque se note a la legua que la boca que anda trayendo no es la que natura le dio. Luce un resplandeciente alisado de peluquería y se detiene a saludarnos encaramada en unos tacos imposibles. De cada mano le cuelgan varias bolsas y responde medio distraída, con la vista fija en la vitrina de Maco, cómo está la familia. Una latera conversación social que se interpone en su mañana de compras, y a la que le pone rápido fin. Adiós, adiós. Los percheros y los probadores la esperan, aunque las más de las veces ni siquiera se pruebe. Se pone la blusa cerca de la cara, halla que le va, regatea y compra sin mayor dilación.

 

Las vendedoras del circuito premium la conocen. Saben de quién es hija, cuántas veces ha estado casada y se refieren a ella abultando la boca. “Podría comprarse el ropero para la temporada completa, pero lo hace de a gotas, para tener algo en qué entretenerse cada día”, nos comentan en Isidora Goyenechea, mientras en Las Pataguas alguien dice: “Yo primero pensé que era productora de modas, pero como siempre paga y no pide nota de crédito, me di cuenta de que era simplemente una alcohólica de la compra”.

Así mismo, como alcohólicas, nos las definió hace un tiempo Maco Gálmez, la dueña de la tienda que lleva su apodo:

 

 

–Las consumistas compulsivas son ansiosas, inestables, con muy mala relación de pareja y nada que hacer en todo el día, salvo ir al gimnasio, a la peluquería o enrollarse con problemas inexistentes. Todo lo que compran se lo llevan a escondidas.

En varias tiendas nos cuentan que es común que las clientas traigan bolsas de basura para que no se note lo que compraron. Cuenta la dueña de una conocida boutique: “Más de una vez me ha tocado acompañar a una clienta al auto y encontrarme con que tiene la maleta llena de paquetes con cosas que llevan un mes ahí y todavía no se atreve a bajarlos para que no la pillen”.

 

 

Es patético. Y mucho más corriente de lo que uno cree. La vendedora de una tienda de zapatos donde el más barato vale 200 mil pesos, cuenta que ella tiene una provisión de bolsas del Jumbo para que un par de botas italianas puedan pasar “piola” como la más doméstica de las adquisiciones. “Algunas les tienen miedo a las empleadas, otras a los hijos adolescentes… por eso esconden lo que compran. Y lo más impactante de todo es que nunca usan las preciosuras en que gastan fortunas, porque cada vez que uno las ve, andan enfundadas en buzo deportivo. Es un completo desperdicio”.

 

Coincide otra informante:

 

–Efectivamente, muchas de las que compran “ene” suelen andar siempre de buzo. Buzos de marca, Donna Karan NY o Versace. Y son medio aguarenadas, ¿me entiendes? O sea, sin mucha onda, unas cositas grises, medio gordas y chicas pese a los muchos arreglos y operaciones, pero que están casadas con unos caballeros que te puedes morir la plata que tienen. También he visto que se da el síndrome compradora compulsiva entre las dos clásicas derivaciones coloniales, como llamo yo a las árabes y a las judías. Ellas buscan lo ostentoso sin pudor y gastan sin remordimientos.

 

Además del buzo de marca, el otro uniforme de la compradora compulsiva es el look prototípicamente ‘dehesiano’: Pelo teñido rubio, bronceado de solarium, jeans de buena marca, botas tejanas de tacos muy altos (incluso en verano), chaqueta de cuero (“El cuero es muy, muy de La Dehesa”) y mochila Louis Vuitton auténtica colgada al hombro.

 

–Esta mujer suele andar por los 30, más o menos, tiene hartos niños chicos porque se casó re joven, maneja una súper camioneta 4×4, divide su jornada entre el gimnasio, la peluquería, el solarium, el turno para recoger niños del colegio y varias otras clases particulares y actividades surtidas, y la compra, que le toma la mayor parte del día. Esta es más democrática en su radio de acción que la de buzo, quien no se mete a los malls. Sabe todo lo que hay en Zara, así como lo que hay en Max Mara. Y llega preguntando por prendas o accesorios específicos que ya vio y se probó en una visita anterior, porque vive metida en las tiendas –comenta una dueña de boutique que prefiere no ser identificada, para no perder clientela.

 

Las vendedoras, por su parte, sostienen que a las gastadoras full time les gusta que las reconozcan por su nombre y que dejen todo por atenderlas. Hacen pesar su condición de compradoras frecuentes y valoran la atención personalizada. Donde Sarita Rodrik, por ejemplo, cuando llega la nueva temporada, tienen una sabia práctica: separan percheros con tenidas especialmente pensadas para sus mejores clientas. Las compulsivas lo agradecen y compran en consecuencia. También se sienten gratificadas al recibir invitaciones para todos los oppenings de temporada de las principales boutiques.

 

Nicole Rosenberg, una de las hijas de Sarika Rodrik, cree que hay algo de la idiosincrasia femenina nacional en esto de la culpa, de andar rogando “no le digai a nadie lo que gasté” por más plata que tengan y de demandar tanto cariñoso auxilio. Exclama:

–¡Qué terrible es el placer culposo! Prácticamente no existen las chilenas que se compren ropa sintiendo que se lo merecen. Y por eso tienen esos cuerpos con los trastes para adentro, medio encogidos, sin pechugas, tan diferentes de los de las argentinas, que entran a las tiendas sintiéndose las reinas del universo. La chilena padece de una suerte de neurosis flagelante que se refleja hasta en la manera en que compra. Y por eso no compra afuera, porque nadie en las tiendas del mundo desarrollado le va a dedicar el tiempo y la atención que ella requiere.

 

Esta demanda por ser bien tratada, en el caso de la enferma de la compra, hace crisis cuando la tienda está llena de mujeres. Allí, en compañía, la bulímica del consumo se vuelve todavía más vulnerable en su adicción y, si ya es patética en solitario (su forma más habitual de comprar), en grupo es para llorar.

–En ella se produce de inmediato el efecto espejo. Basta que la más regia, famosa o rica del grupo toque algo para que ella quiera tenerlo, entonces va caminando detrás, agarrando todo lo que despertó el interés de la otra y exigiendo probárselo –cuenta una organizadora de ventas especiales de ropa de marca.

 

Fernanda Zamora cree que “la compulsiva funciona con la energía de la otras y en grupo su problema se potencia”. Añade:

–Además, como es insegura, frágil y solitaria, muchas veces llega con la revista donde salió una tenida que ella quiere llevarse calcada. Busca eso que tiene puesto la modelo y no algo que vaya más con ella y por un rato tiene la ilusión de ser otra.

No cabe duda entonces que la mejor manera de venderle es a la hora en que en la tienda hay muchas mujeres, ojalá regias y/o famosas. Suena harto cruel, pero parece una muy eficaz herramienta de venta.

 

“Botas de 500 Lucas, Charquicán para los niños”

–Eso que me describes podría considerarse una suerte de bulimia compradora. Tal como la bulímica come, se llena para luego vomitarlo todo, la bulímica del consumo compra, obtiene una gratificación inmediata, luego pierde interés en lo comprado y debe volver a comprar –dice la psicóloga clínica Eugenia Weinstein. Agrega: “Es elocuente que este tipo de mujer salga a comprar de preferencia sola, tal como la bulímica, que se pega sus atracones de comida sin testigos. Hay en ambas conductas la misma base: autodestrucción y soledad”.

Nuestra ironía al describir las boutiques del centro comercial Las Pataguas como “centros de acogida” es para la conocida terapeuta una imagen perfecta, similar a lo que son algunos centros de gimnasia y cultivo del cuerpo para las obsesionadas con la facha.

 

Dice la psicóloga Weinstein:

–Estoy asociando también el cuadro con las mujeres que asisten a los gimnasios en forma compulsiva y pasan allí la mitad de su jornada, tratando de conseguir ese ideal de belleza que les permita encontrar sentido a sus vidas sin sentido. En las adictas al consumo de ropa, zapatos, accesorios de moda también está presente la idea de obtener belleza y así sentirse alguien, obtener reconocimiento, llenar la nada existencial en que viven.

 

Lo dramático es que la ilusión dura hasta poco después de firmar el cheque o el comprobante de la compra con tarjeta de crédito. Y, peor aún, a la sensación de vacío se suma la culpa por haberse desbordado. Y la imperiosa necesidad de volver a comprar, tal como sucede con los adictos a cualquier droga.

 

¿Existe cura para la bulimia consumista?

 

Difícil, primero porque ni siquiera es un trastorno reconocido. Las que mejor lo identifican son las vendedoras de las tiendas top y a ellas, profesionales de la ganancia por comisión, el síndrome les conviene. Una compulsiva puede gastar sin arrugarse 600 mil pesos de una sentada, y lo hace a costa de alimentar a los niños a puro charquicán, de tener la casa hecha una ruina, de dar varios cheques a fecha aunque el marido esté en bancarrota. “A mí me ha tocado más de una vez que una compulsiva que me tiró cuatro o cinco cheques venga a pedirme que se los devuelva. Y, a veces, lo he hecho… Es súper achacante esta pega, porque te das cuenta de lo dramático que es hoy el mundo de la mujer, incluso de la que lo tiene todo”, comenta una dueña de tienda.

 

Fernanda Zamora cree que la única manera que tienen de sanarse es dar con algo –una filosofía, una religión, un chamán, un grupo de lectura, un tipo de estudio– que les permita crecer “en términos esotéricos, espirituales”. Dice:

 

–Cuando una mujer que lo tiene todo en lo material descubre que hay otra área donde desarrollarse, muy diferente a lo que tiene que ver con las apariencias y en lo que ha estado pegada por años, se pega un salto, se libera, crece…

Una mirada desde la experiencia y el sentido común coherente con la de Eugenia Weinstein cuando se refiere a “la falta de afecto y de redes en que suelen estar sumidas las víctimas de la bulimia”. Bulímicas, ya sea del comer o del comprar, una vertiente del mal en que el atracón no está dado por las tortas o los chocolates, sino por esa ropa carísima que esconden en bolsas de basura en la maleta del BMW.

 

 

 

Fuente: http://mujer.latercera.cl

 

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§ 3 respuestas a El Síndrome de la Compradora Compulsiva ABC1

  • ROSA LIDIA dice:

    SALUDOS.CREO MUY IMPORTANTE LA FORMA DE VIVIR QUE TENEMOS LAS MUJERES CHILENAS,EL PUNTO DE EQUILIBRIO QUE DEBEMOS LLEGAR A LOGRAR PARA QUE PODAMOS ENTENDERNOS,QUERERNOS Y CRECER COMO SOCIEDAD.QUE BIEN POR TODAS LAS ADINERADAS QUE PUEDEN COMPRAR ,QUE MAL POR LAS QUE QUISIERAN HACERLO Y NO PUEDEN.LAS DOS CARAS DE UNA REALIDAD NACIONAL,EN DONDE LOS VALORES DE CADA PERSONA SE MIDEN EN LA APARIENCIA Y NO HACEMOS LO POSIBLE POR VER LA MARAVILLOSA OPORTUNIDAD QUE TENEMOS DE SER MUJERES CHILENAS.ES TANTO LO QUE PODEMOS DAR EN AMOR, PARA QUE TODAS CREZCAMOS Y NOS APOYEMOS .

  • lulu dice:

    que pena e injusto unas con mucho y otras sin nada

  • shirley dice:

    Conozco casos de mujeres abc1 que viven en depresion y compran para salir un ratito de ese estado. La cura es el amor propio , el trabajo y el saber valorar las cosas simples, por que nada material nos llevaremos de este mundo.

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